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¿Cuál es la historia cultural que revela “El sujeto dialógico” de Julio Ortega?

¿Cuál es la historia cultural que revela "El sujeto dialógico" de Julio Ortega? - ciencias-sociales, antropologia-cultural - julio ortega

(Por Francois Villanueva Paravicino)

En las palabras de Julio Ortega, este ambicioso libro es una reconstrucción de “la historia cultural del sujeto hispanoamericano a través de algunas de las funciones que le confieren identidad” (343). En el primer apartado reflexiona sobre el carácter violento, tributario, explotador de la Colonia. Para el autor, el Inca Garcilaso apuesta por las Américas como una realización superior de España (16). Julio Ortega busca configurar con base histórica un sujeto dialógico con la metrópoli, que turna su papel de emisor y receptor; para esto propone tres modelos distintos que son uno de los meollos del tema principal: “el discurso de la abundancia, que propone una visión pródiga de la naturaleza americana; el discurso de la carencia, que contrapone una versión crítica desde la pobreza y el desengaño; y el discurso de lo virtual, que proyecta varios futuros de resoluciones” (17-18). Los dos primeros son interdependientes, pero el tercero es una proyección trascendente. En este primer apartado hará un breve recuento del contenido del libro.

            En el primer capítulo, “Hablar el Calibán”, hace un estudio minucioso del último drama shakesperiano, La tempestad (1612-1613), para configurar un sujeto representativo de la identidad fetal del hispanoamericano, aquel sujeto hijo del lenguaje o la primera máscara del sujeto colonial. Afirma: “El lenguaje aprendido le permite conocer sus límites, afirmar su cuerpo, representar su papel. Pero también le permite actuar la identidad de nativo que le atribuyen los otros, incluso jugar con su nombre y su reputación de malvado” (61). Al final, el Calibán es humanizado con un lenguaje reciente y una humanidad temprana: “Calibán es ya un proyecto de diálogo, de oposiciones y articulaciones, de diferencias y conflictos. Por ello mismo, más que el producto legible del discurso, Calibán sólo podía ser el primer hijo de la nueva historia, una historia hecha en las interpretaciones” (76).

            El siguiente capítulo, “Leer”, nos habla que el sujeto andino-mestizo deberá “definir su uso del español en el escenario del quechua nativo” (84). Todo esto para establecer el drama comunicativo. Para esto, el autor utiliza a Garcilaso para analizar la fábula del indio y los melones, tomados por Ricardo Palma en sus Tradiciones con el título de “Carta Canta”. Nos dice Julio Ortega: “Aprender a leer, por lo mismo, será la fábula característica del Nuevo Mundo: el sujeto colonial reapropiará la escritura para desde la historia natural hacerse cargo de una historia cultural. El Nuevo Mundo, por ello, será una nueva memoria” (104-105). En el tercer capítulo, “Escribir”, reflexiona sobre la obra etnográfica de Guamán Poma en dos sentidos: “Primero, en el sentido de una suma de sistemas informativos paralelos y conflictivos; y segundo, en el sentido de una sistemática preservación de la información cultural aborigen, violentada o deteriorada por la práctica colonial” (107). Nos dirá más adelante que Guamán Poma incentivará a sus semejantes el aprendizaje de la escritura “como herramienta de servicio, crítica y denuncia” (109). Por lo demás, hace un interesante análisis de la obra del cronista indio Guamán Poma de Ayala destacando su discurso dietético y alimenticio en el sentido del discurso de la abundancia.

            En el capítulo siguiente, “Traducir”, afirma, no sin antes interpretar someramente el encuentro de Atahualpa y los conquistadores, con seguridad: “Traducir será la posibilidad de construir una escena mediadora, la intermediación que enmarca la interpretación como dialógica” (136). Luego pondrá en énfasis que no hubo un buen entendimiento entre Atahualpa y el padre Valverde porque el intérprete Felipillo (el otro era Martinillo, que no fue en esa ocasión) era un mal traductor. También trabajará las repercusiones de Atahualpa y su muerte en la posterioridad de la Colonia. En el quinto capítulo, “Dibujar”, reflexionará sobre la trascendencia de aquel arte para las operaciones cartográficas y geográficas insulares; para eso, y otros fines, pondrá el ejemplo de Guamán Poma de Ayala y The Drake Manuscript cuyo título es Historia Natural de las Indias. En este apartado hará grandes reflexiones sobre el mestizaje: “lo más humano y moderno es la mezcla, el mestizaje, la suma de lo diferente que es capaz de producir lo regional como distinto y distintivo” (198).

            En el sexto capítulo, “Representar”, hará interesantes análisis sobre el siglo XIX. Cita la frase “Miserables en medio de la abundancia” del venezolano Simón Rodríguez para situar la situación latinoamericana del XIX. Analiza aguda y someramente obras de José Martí (1853-1895), José María Heredia (1803-1839), Joaquín Lorenzo Luaces (1826-1867), Andrés Bello (1781-1865), Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893), Mariano Melgar (1790-1815), Esteban Echevarría (1805-1851), entre otros personajes ilustres hispanoamericanos. Aquí propone una hermenéutica del sujeto y su ideología. El capítulo séptimo está dedicado exclusivamente a Juan Rulfo y en especial a su obra Pedro Páramo (1955). Nos dice: “Como estamos en un ´mundo al revés´, la comunicación no es posible en el mundo de los vivos aunque, irónicamente, sí lo es en el mundo de los muertos” (268). El capítulo “Celebrar” está dedicado a José Lezama Lima, quien al parecer de Ortega, “arrolló una teoría del barroco latinoamericano como una forma de la abundancia” (281). Más adelante afirmará: “El barroco, por eso, no es un estilo sino una metamorfosis, que discurre entre máscaras de la identidad plural y a voces de la mezcla cultural polifónica” (286). En la página siguiente sentenciará: “El barroco, al comienzo y al final, es la forma latinoamericana del lenguaje. Lo distingue una economía sígnica no del intercambio del nombre por la cosa sino del derroche del lenguaje entre las cosas, el gasto puro, que instaura el valor de los signos que se transforman en lugar de los signos de valor fijo. Lo que se transforma prevalece, con nueva belleza, como un espectáculo del acopio, expansivo” (287).

            El noveno capítulo “Interpretar” está dedicado a García Márquez y en especial a su obra Del amor y otros demonios (1994), donde la lucha con el “demonio” de Sierva María no es sólo espiritual sino cultural. Dirá de la novela: “Estos signos del desorden instauran en la representación el linaje discursivo del fin de los tiempos y del mundo al revés: pestes y eclipses son homólogos a la decadencia y la aberración, que encarnan los padres, pero también el fanatismo y la violencia, que la Iglesia representará”. El décimo capítulo, “Narrar”, está dedicado a Fuentes en especial a su libro El naranjo o los círculos del tiempo (1993). Estos relatos se articula en un eje central: “la perturbadora posibilidad de que el otro sea no un mero espejo confirmatorio de semejanzas y desemejanzas, sino la parte de la subjetividad que nos incluye y nos excede. El doble es aquí, además, varias duplicaciones, sucesivos desdoblamientos y hasta doblajes de la máscara y la voz” (324). El siguiente y último capítulo está dedicado a una autora no muy conocida en el ámbito regional, Diamela Eltit (Chile, 1949), de cuya autora afirma Ortega que trasciende el simple feminismo que sólo denuncia a la mujer como ser subalterno.            En la Conclusión, afirmará lo del inicio de este artículo, y también hará entender que lo quiso hacer es una interpretación de la identidad del sujeto latinoamericano y su obra.

Francois Víctor Villanueva Paravicino

Escritor peruano (Ayacucho, 1989). Bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Ganador del I Concurso de Cuento del Grupo Editorial Caja Negra con el relato “Cazar una fiera” (2019). Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007). Textos suyos aparecen en la antología Recitales “Ese Puerto Existe”, muestra poética 2010-2011 (2013). Ha publicado el libro de relatos Cuentos del Vraem (2017) y el poemario El cautivo de blanco (2018); además publicó en Amazon su primera novela Los bajos mundos (2018).  El cementerio prohibido (2019) será su cuarta entrega. Reseñas y textos literarios suyos han sido publicados en páginas virtuales, diarios, plaquetas, revistas y/o. Actualmente cursa la Maestría de Escritura Creativa de la UNMSM.