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El instinto que versa en “Monólogo de un animal silvestre” de Helmut Jerí Pabón

monologo de un animal silvestre

 

La entrega Monólogo de un animal silvestre (Editorial Amotape, 2015) del escritor coracoreño radicado en Ica, Helmut Jerí Pabón, es un poemario que nos aventura intelectual y sentimentalmente entre el amor y la muerte, la ciudad y el campo, la religión y el sublime sacrilegio, el mar y la última estación.

Un poema es un universo que nos abre las puertas a la vida, y el poeta es el médium entre esa universalidad y la existencia más esencial. El demiurgo, dios creador y artista por excelencia, en la voz del poeta Helmut Jerí Pabón se configura como un diálogo de su ser con el mundo interior que lo rodea, con su pasado y presente, desde un lugar en la tierra, y ese pensar solitario, entre la soledad y la pluma, invoca la vida con irreverencia y metáforas.

El poema que da el título está encapsulado en el Tercer Monólogo, que es la tercera parte y tiene el nombre de Campo, y es la excepción de los restantes de ese corpus que hacen referencia a una ruralidad esbozada con árboles, barros y perros. La creación epónima arremete contra la disconformidad de la urbe, que es contraria a los pueblos, y le califica “llorosas y eternas”, pues “son impropias para los enamorados”.

En cambio, de ese mismo apartado, el poema con nombre de la tierra que lo vio nacer, “Coracora”, alude al símil entre la fecundidad de la patria chica y el amor generador de vida. Dice de él: “Hacer el amor en un bosque/ a 3,115 metros/ sobre el nivel del mar/ es lo más cerca/ que se puede estar del cielo”. Es que en los versos de Jerí Pabón existe erotismo desde los primeros del libro, relacionados con la fertilidad y la muerte.

Eros y Tánatos se elucubran de la poesía, y esta está en “Lima”, que pertenece al Segundo Monólogo y cuyo eje principal es la ciudad, donde el poeta que huye de la muerte, de ese ser cadavérico con guadaña, termina acostándose (sí, copulando) con tal enigmático personaje. Y de esa relación amorosa y tormentosa, el artista “la había preñado”.

La irreverencia contra la religión está en las ciudades, nos dice el locutor esteta, como un verso de “Cajamarca”, donde se afirma “la falacia de la Biblia”. No obstante, en el primer Monólogo del poemario, esa parte de nombre Selva que posee 5 poemas con títulos de nombres de animales, nos revela el instinto de esos seres que, como el poeta, son la metáfora infinita del amor y el erotismo.

Pero también la irreverencia contra el Dios Cristiano está en esa primera parte del libro: no por algo se canta a la serpiente, esa rastrera famosa por tentar a Eva en el paraíso y al que se alude sarcásticamente en el poema. Esa voz sacrílega de forma subliminal nos cuestiona: “¿cómo podía el Edén/ saberse Edén?”. Y de Yahvé, solo por llamarlo así, afirma: “pero sin saber cada quien/ de la finalidad de su existencia”. Para que al final el poeta, irreverentemente, concluya: “Y al Séptimo Día/ el tal Dios/ con los ojos lleno de sexo/ lo llamó Paraíso”.

La mención a ese Señor alabado por la cultura occidental por gran tiempo en la historia del hombre, se hace referencia en “Imagen y Semejanza”, que se encuentra entre el último de los Monólogos, el Mar. El desmitificador sentencia en las últimas palabras versísticas: “El mar es una enfermedad/ que se parece a Dios/ pero sin sus perversiones”.

El último apartado de esta entrega (La última estación) solo consta de un poema titulado “Hoja de instrucciones”, que para mí es uno de los más logrados: luego del amor y el placer, luego de la fecundidad y la aventura pasional, viene la despedida, la más cruel de las experiencias amorosas. En esta última se centra los versos, donde la voz del poeta pone condiciones a la amada antes de su marcha final. Y entonces, solo queda la soledad.

En la contratapa del libro, el poeta César Panduro Astorga afirma: “Helmut Jerí reflexiona sobre la eterna pérdida, sobre los seres que alguna vez amamos, sobre el olvido. Este animal silvestre hace el amor en Coracora, nos conmueve contemplando el mar en Barranco, se solidariza con los perros sacrificados en la época de la guerra interna del país y finalmente nos invita a celebrar el cuerpo aprendiendo a ceder al placer, aun cuando como Cavafis, sabe que detrás de cada cuerpo que amamos siempre morirá algo de nosotros. (Publicado el 2015 en un diario de Ayacucho).

Francois Victor Villanueva Paravicino

Escritor peruano (Ayacucho, 1989). Bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007). Textos suyos aparecen en la antología Recitales “Ese Puerto Existe”, muestra poética 2010-2011 (2013). Ha publicado el libro de relatos Cuentos del Vraem (2017) y el poemario El cautivo de blanco (2018). Tiene diversas publicaciones literarias en antologías, revistas y diarios. Actualmente cursa la Maestría en Escritura Creativa de la UNMSM.