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Un pequeño apunte sobre los Trópicos de Henry Miller

tropico de capricornio

Trópico de capricornio se publicó por primera vez en París (EEUU la había prohibido) el año 1938, cuatro años después de la anterior Trópico de Cáncer, de 1934. Novela considerada autobiográfica, narrada en primera persona con una prosa apasionante, atractiva y florida de imágenes de gran esteticismo descarnado y vital. Censurada en la Norteamérica de su tiempo, es el tipo de novela que produjo escándalo en la cultura oficial de entonces y que hoy los lectores más fervientes le rinden pleitesía con admiración y la más total seguridad de estar frente a un grande de las letras.

He leído de Miller también Trópico de Cáncer, que me pareció, al igual que Mario Vargas Llosa, mejor lograda que la siguiente entrega novelística. Vargas Llosa, en El nihilista feliz de La verdad de las mentiras (1990), expone que el primer Trópico sirvió para que en la literatura adquiera valor artístico las flatulencias y las gonorreas; cuya escatología no fue tan explorada como en aquella oscura conciencia viciosa y prolífica del destacado protagonista de los Trópicos. El final del Trópico de Cáncer, la que terminé de leer una trasnochada en mi primer año de universidad, es alucinante, desesperante, y hartamente sentimental, de un sentimentalismo avivado por la más grande desesperación, de vitalismo truncado y de masoquismo de sobrevivencia. También existe una ars poética del autor sobre la ontología de la literatura, sobre la novela y el oficio del escritor y del artista; pues son latentes ciertas reflexiones axiomáticas que va tejiendo subrepticiamente la voz del narrador sobre la vida, el sexo, el placer, y otros.

Trópico de Capricornio, por su parte, se lee velozmente y con entusiasmo, pues es una de las mejores prosas de su autor, como muy bien ha calificado la crítica y como lo he sentido al leerlo muchos años atrás. El erotismo está muy arraigado, pues el sexo es una óptica im(ex)plícita de la interpretación del mundo, según el autor neoyorkino, aunque esta misma óptica sea escéptica, carpemdiana, nihilista en fin. Lo mejor de la novela está en esta visión inherente a la prosa, procaz, salvaje, sensual; es un acelerador de emociones, de pasiones, de fuertes impresiones. Junto con D.H. Lawrence y André Gide, Henry Miller es un autor que ha colocado el broche de oro al comenzar del siglo del psicoanálisis freudiano; un artista que ha reflejado el despertar sexual de una época que dejaba atrás, luchando férreamente entonces, los tabúes y el rubor religioso, para sumergirse en aquel interregno del que escribía el gran Octavio Paz para adjetivar el espíritu de nuestra época y del que, creo, tenía razón.

Me quedo con una cita casi al inicio de Trópico de capricornio: “Tenía que aprender, y no tardé en hacerlo, que hay que abandonar todo y no hacer otra cosa que escribir, que tienes que escribir y escribir y escribir, aun cuando todo el mundo te aconseje lo contrario, aun cuando nadie crea en ti. Quizá lo hagas precisamente porque nadie cree en ti, quizá el auténtico secreto radique en hacer creer a la gente lo contrario” (29). Henry Miller nos ha enseñado, como Charles Bukowski, que a veces la miseria crea una holgura para poder escribir muy bien y a sus expensas si uno tiene la disciplina suficiente para forjarlo, sin dudar nunca que fue un placer practicarlo. Y, como todos sabemos, ambos han acertado.

 

Francois Victor Villanueva Paravicino

Escritor peruano (Ayacucho, 1989). Bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007). Textos suyos aparecen en la antología Recitales “Ese Puerto Existe”, muestra poética 2010-2011 (2013). Ha publicado el libro de relatos Cuentos del Vraem (2017) y el poemario El cautivo de blanco (2018). Tiene diversas publicaciones literarias en antologías, revistas y diarios. Actualmente cursa la Maestría en Escritura Creativa de la UNMSM.