Saltar al contenido

Una voz reconocible en Fábulas de amor y libros de Francois Villanueva

Francois

Por J. Rodrigo Ledesma Goñi

Francois Villanueva, escritor, me compartió su libro de cuentos Fábulas de amor y libros (Editorial Apogeo, 2025). Me dijo que era su último trabajo literario y le agradecí el gesto, sobre todo porque los escritores valientes, que publican por su cuenta y no le temen a la ausencia de aplausos, merecen un reconocimiento. Pasemos ahora a la obra. El libro reúne once cuentos breves, de los cuales me ocuparé a continuación. El primero es “El comprador de libros”. Este cuento tiene una voz reconocible y eso es un mérito. El personaje principal es un literato de diecinueve años que compra libros compulsivamente, cita a Nietzsche, Kierkegaard, Beckett, Joyce; cree que leer mucho basta para comprender la vida y convierte sus relaciones sentimentales en argumentos filosóficos. Hay una verdad psicológica que se impone desde las primeras páginas y perfila al personaje en un espacio reconocible del Centro de Lima, guarida de tantos jóvenes letraheridos. Lo malo es que el cuento, fragmentado como se presenta —lo cual es perfectamente admisible—, no alcanza una unidad, aunque sea sutil. Sus fragmentos no terminan de integrarse ni parecen pertenecer al mismo objeto artístico. Como consecuencia, el relato pierde cohesión y no se termina de entender cuál es su verdadero centro de gravedad.

Autor: Marco (Anthropology and Practice). Aprende más sobre mi y estate al tanto de mis publicaciones en Instagram.

El segundo cuento esSacrilegio. La idea de este relato es mucho más lograda que la del primero, pues plantea un argumento interesante: un taller literario en el que los alumnos despedazan un cuento apelando a cuestiones de estilo, estructura y teoría, para descubrir al final que el texto era de Roberto Arlt. El cuento pone en cuestión, a mi juicio, la autoridad de los talleres literarios, la crítica, la obsesión técnica, la idea de una lectura «correcta» y la arrogancia de quienes creen saber escribir. Sin embargo, hacia el final el relato adopta la forma de un ensayo y explica la trampa más de lo necesario. Algunas intervenciones de los alumnos resultan artificiosas y demasiado elaboradas para personajes que, en teoría, apenas están aprendiendo a escribir. Me atrevería a decir que el cuento debió concluir con la sola revelación de que el texto pertenecía a Roberto Arlt. Lo demás —es decir, la explicación de la trampa— sobraba: habría bastado con dejarla desnuda ante el lector.

El peso de la poesía” es el tercer cuento. Aborda una idea muy concreta: la creencia romántica de que para ser poeta es necesario llevar una vida extrema. No es un tema nuevo, pero sigue siendo fértil para la ficción. El problema es que el relato abre varias preguntas sin desarrollar ninguna de ellas: ¿la bohemia es una mentira?, ¿la poesía exige sacrificio?, ¿madurar consiste en abandonar el mito del poeta maldito?, ¿el destino termina imponiéndose? El cuento no ofrece una respuesta

concluyente, ni siquiera una insinuación que permita al lector orientarse. Acaso sea su brevedad lo que termina perjudicándolo, pues no existe un hilo suficientemente claro entre el acto I —«quiero ser poeta»— y el acto II —«terminé enseñando a leer a Shakespeare en inglés»—. La transformación del personaje queda eludida y, por ello, el desenlace carece de la fuerza emocional que debería tener.

El crepúsculo no es el crepúsculo” es uno de los mejores cuentos del libro. Aquí se hacen más evidentes las cualidades narrativas del autor. A diferencia de los relatos anteriores, presenta un conflicto claramente definido: el verdadero drama no reside en la enfermedad de la protagonista, sino en la irrupción del amante en un espacio donde nadie conoce la verdadera naturaleza de ese vínculo. El autor administra con acierto la información y construye la tensión a partir del subtexto, de las miradas, los silencios y las frases aparentemente inocentes, permitiendo que el lector reconstruya progresivamente el pasado de los personajes. Sin embargo, hacia el final vuelve a aparecer un problema ya advertido en otros cuentos: el autor abandona la sugerencia para explicar aquello que el propio relato había logrado insinuar con eficacia. Al revelar de manera explícita el pasado de los amantes y sus consecuencias, convierte el subtexto en texto y debilita la intensidad alcanzada hasta entonces. Hay aquí una desconfianza en la inteligencia del lector que, de superarse, elevaría considerablemente el nivel de los cuentos de Villanueva.

Un par de póker” es un cuento bastante breve en el que la literatura vuelve a hacerse presente. Sin embargo, funciona más como una estampa que como un cuento propiamente dicho. Da la impresión de ser el fragmento de una historia mayor, un episodio que apenas comienza a desplegarse cuando el relato ya ha terminado. La conversación entre los protagonistas, construida a partir de sus afinidades literarias, resulta amena y verosímil; no obstante, el diálogo se limita casi exclusivamente al intercambio de referencias, autores y lecturas compartidas, sin que llegue a desarrollarse un conflicto capaz de transformar esa afinidad en una verdadera tensión narrativa. El desenlace, que anuncia el posible enamoramiento del protagonista, aparece justamente cuando el relato parece empezar. En consecuencia, el lector tiene la sensación de haber asistido más al prólogo de una historia que a un cuento cerrado.

La lista imperdonable” es uno de los cuentos más cohesionados del volumen. La convergencia entre el fracaso literario y el sentimental dota al relato de una unidad dramática que no siempre se encuentra en los textos anteriores. El protagonista aparece delineado con acierto como un escritor dominado por la ansiedad del reconocimiento y la fragilidad de su vanidad, rasgos que hacen verosímil su posterior derrumbe. Sin embargo, el cuento incorpora episodios secundarios — como el conflicto entre doña Bertha y don Orestes— que generan expectativas narrativas sin integrarse de manera efectiva al conflicto principal. Esa dispersión

resta intensidad a un relato que habría alcanzado una mayor fuerza si hubiera concentrado toda su atención en la doble derrota que constituye su verdadero núcleo.

El siguiente cuento, “La atracción silenciosa”, trata de un anciano alcohólico que ha arruinado su vida por un amor nunca declarado. Hasta ahí, la expectativa es clara. Sin embargo, el relato opta por reconstruir esa historia mediante comentarios de los vecinos, rumores y explicaciones del narrador, antes que por escenas que permitan al lector experimentar el drama del protagonista. De este modo, el cuento termina funcionando más como una biografía resumida o una crónica de barrio que como un relato de intensidad narrativa. A ello se suma la incorporación de numerosos episodios secundarios —la desaparición de los padres, la novia abandonada, Melquiades, los «Mariachis», entre otros— que, aunque interesantes por separado, dispersan el foco del relato y diluyen su verdadero conflicto. Con todo, el cuento contiene imágenes de notable fuerza evocadora, especialmente la escena en la que el protagonista contempla por primera vez a Mireia acariciando una paloma. Allí el autor consigue condensar, con una imagen sencilla y simbólica, toda la distancia emocional que marcará el destino del personaje.

La luna se esconde en la nada” desarrolla un relato de iniciación amorosa con una atmósfera nostálgica y una sensibilidad que, por momentos, consigue transmitir con eficacia la intensidad del primer enamoramiento. El paisaje, el río, la lluvia y la noche acompañan adecuadamente el estado emocional del protagonista y revelan una de las mejores cualidades del autor: su capacidad para crear ambientes. Sin embargo, el cuento vuelve a resentirse por una excesiva dilación narrativa. La historia, relativamente sencilla, se ve constantemente interrumpida por largas descripciones, enumeraciones y episodios secundarios que ralentizan el desarrollo y disminuyen la tensión dramática. A ello se suma una prosa que, en diversos pasajes, incurre en un exceso de adjetivación y de imágenes poéticas, como si el autor buscara embellecer cada escena, aun cuando el propio relato ya posee suficiente fuerza emocional. El resultado es un cuento que habría ganado en intensidad si hubiera confiado más en la sencillez de su historia y en la emoción contenida de sus personajes. A diferencia de relatos anteriores, aquí el autor consigue que el desenlace constituya el verdadero punto culminante de la historia y no una simple explicación de lo ocurrido. El primer beso y la confesión amorosa aparecen como la consecuencia natural del recorrido emocional del protagonista y cierran el relato con mayor eficacia que otros finales del volumen.

Entrevista breve con un poeta repulsivo” constituye una sátira del medio literario y, en particular, de cierto tipo de escritor narcisista que convierte la literatura en un ejercicio permanente de autoadmiración. La premisa resulta ingeniosa y permite al autor desplegar un humor que hasta ahora había aparecido solo de manera esporádica en el libro. Sin embargo, el cuento no explota del todo las posibilidades de su planteamiento. La entrevista se prolonga excesivamente y el personaje, desde sus primeras respuestas, deja en evidencia su desmesurado ego, de modo que el lector comprende muy pronto hacia dónde se dirige la historia. En consecuencia, el efecto satírico pierde fuerza por reiteración. A ello se suma la acumulación de referencias literarias, nombres de autores, obras y conceptos que, lejos de enriquecer la caracterización, terminan produciendo un efecto de saturación semejante al que el propio cuento pretende ridiculizar. Pese a ello, el relato conserva interés por la consistencia de la voz del personaje y por la ironía que recorre toda la entrevista, hasta convertir al supuesto gran poeta en el objeto de la burla. Este es uno de los pocos relatos del volumen en los que la voz narrativa está plenamente subordinada al personaje. El entrevistado posee una forma de hablar reconocible y coherente de principio a fin, lo que demuestra una apreciable capacidad para construir una voz propia.

Cierro con una impresión general, este libro deja claro que la voz narrativa de Francois Villanueva es reconocible. No estamos ante un escritor que recién empieza, sino ante alguien que ya ha encontrado un tono propio. Si confiara más en la inteligencia del lector, redujera la edulcoración sentimental y privilegiara las imágenes y las escenas por encima de las reflexiones o de las enumeraciones de autores y libros, esa voz terminaría de consolidarse en una propuesta literaria de mayor envergadura. Porque la singularidad ya está ahí; lo que falta es que la obra confíe plenamente en ella y deje en el lector esa huella indeleble que distingue a la literatura.

J. Rodrigo Ledesma Goñi

Abogado y escritor peruano. Es autor de diversos cuentos, poemas y ensayos. Actualmente ejerce el derecho en el ámbito corporativo.

×