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Los silencios de Jesús Miguel Vélez Romo en “Al infinito y más allá”

al infinito y mas alla

 

El silencio es, en la poesía (en especial, en el verso libre), una de las grandes virtudes del que se valen los poetas de gran tacto y sensibilidad. En efecto, saber qué palabra colocar, qué verso hilvanar, cuándo encabalgar, cómo crear ritmo y eufonía, cómo articular imagen y sonido, unir fuerza y contenido, y (como afirmamos) elegir la ausencia y la afonía, es el valor de los buenos oídos y la etérea mirada que gozan los poetas que escriben con mayor empeño y oficio.

Aunque Al infinito y más allá (Piedra Blanca Ediciones, 2019) de Jesús Vélez es su ópera prima, se forja una visión muy respetuosa al verbalismo y un temor al sobre-desbordamiento, y prefiere más cómodamente la prudencia y el laconismo, la mesura y la concisión, una práctica poco usual en la poesía contemporánea joven, quienes continúan admirando y sirviéndose de los poetas que marcaron una época: “Hora Zero” y “Grupo Kloaka”. Es decir, de aquella poesía desmitificadora, contestataria, periférica-urbanísima, casi lumpenesca y maldita.

En efecto, con un estilo limpio y cotidiano, directo y atractivo, Jesús Vélez nos revela las pasiones más cotidianas, rutinarias y sentidas, donde la voz lírica rememora, añora, percibe o concibe un mundo forjado con el hierro del tiempo. Aquella colosal existencia en estas páginas refleja la sensibilidad más humana y artística; es decir, la del recuerdo y la añoranza, que solo pueden ser evocadas en la soledad y el silencio, aquellas sublimes existencias donde el poeta se alimenta, se inunda o se inmola.

Es por ello que la lectura de Al infinito y más allá es un viaje, como un río límpido y profundo, transparente y misterioso, que nos devela la esencia de un ser poético reflexivo y melancólico. El poeta, a través del viaje interior, de la conciencia subjetiva del autoconocimiento, de hurgar en los recuerdos más nostálgicos, vaticina una visión futura, como una epifanía pretérita, cuya referencia alude al nuevo amanecer y, con más precisión poética, a la esperanza. Por ello, el hablante poético asumirá la trascendencia de lo bello, lo eterno y lo efímero.

Acaso la escritura poética de Jesús Vélez es la asunción fragmentada de la existencia, como las piezas de un rompecabezas incompleto y, a la vez, perfecto. Solo los fragmentos palpitantes y camuflados, inconscientes e implícitos, lúdicos y oníricos, revelan la gran complejidad del ser del tiempo en el sentir y la mente humana; es decir, lo que nos ha encandilado intrínsecamente como seres humanos. Tal vez el lector se cuestione, al leer los versos breves y sentidos de esta entrega, sobre la importancia de los instantes que marcan nuestra vida durante nuestra existencia y que, subrepticiamente, son la herida que cicatrizará o sangrará a su tiempo,

Aquellos pincelazos brillarán como un faro al pie de un abismo y un mar caudaloso que todo golpea, besa o inunda; el mar que ha sumergido a Jesús Vélez en la totalidad y el abismo, donde las horas se dilatan y se contraen, en un vaivén que le sacará a flote o le hundirá, le salvará o le ahogará. La luz de aquel faro, como nuestro poeta entiende, es la razón por la que el hombre de a pie cree en la poesía; en lo inefable que, contradictoriamente, no cesa de escribirse.

 

Francois Villanueva Paravicino

Escritor peruano (Ayacucho, 1989). Bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007). Textos suyos aparecen en la antología Recitales “Ese Puerto Existe”, muestra poética 2010-2011 (2013). Ha publicado el libro de relatos Cuentos del Vraem (2017) y el poemario El cautivo de blanco (2018); además publicó en Amazon su primera novela Los bajos mundos (2018). Actualmente cursa la Maestría en Escritura Creativa de la UNMSM.