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El Chisme Desde la Perspectiva Antropológica

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En cualquier medio social, las personas pueden ser ocupadas en chismes durante una parte sustancial de sus vidas cotidianas. Reconociendo, desde Malinowski, que estudiar el mundo de lo cotidiano es la clave para comprender cómo se comporta la gente, los antropólogos han apreciado durante mucho tiempo los chismes como un fenómeno sociocultural clave.

Sin embargo, el análisis sostenido del chisme per se permaneció intermitente (P. Radin, M. Herskovits, fE. Colson) hasta la década de 1960, cuando surgieron tres enfoques ampliamente distintos: el fUnctionalista, el transaccionalista y el simbólico-interaccionista. El enfoque funcionalista es ejemplificado por Max Gluckman (1963). El chisme, comienza Gluckman, es un proceso culturalmente determinado y sancionado, un hecho social, con reglas consuetudinarias, y con funciones importantes. En particular, los chismes ayudan a mantener la unidad del grupo, la moralidad y la historia; porque la esencia del chisme es una constante (si es informal e indirecta) evaluación comunitaria y la reafirmación del comportamiento a través de la evaluación en contra de las expectativas comunes y tradicionales. Además, el chisme permite a los grupos controlar a las camarillas rivales y a los individuos aspirantes de los que están compuestos; porque a través del chisme, las diferencias de opinión se combaten entre bastidores (mediante insinuaciones, ambigüedad y vanidad habituales) de modo que se pueda mantener externamente una muestra de armonía y amistad. Por último, el chisme es un sello distintivo y un privilegio, incluso un deber, de la pertenencia a un grupo. Un chisme de grupo, chismear es propiedad del grupo, y ser miembro es chismear – acerca de otros miembros.

El enfoque transaccionalista, encabezado por Robert Paine (1967), evita las presunciones de ver a los grupos unidos y equilibrados, y la convención social-estructural siempre orientada hacia este fin. Paine argumenta que es más apropiado ver el chisme como un medio por el cual los individuos manipulan las reglas culturales, y ver a los chismosos individuales teniendo intereses rivales (en el poder, amistades, redes, material) que tratan de promover y proteger. Los individuos no son chismes de grupos, y cotillean principalmente no sobre los valores de grupo, sino sobre las aspiraciones individuales, las de los demás y las suyas propias. En efecto, todo llamamiento a la unidad de los grupos debe verse más bien como una gestión del interés propio: prevalecer un intento de tener una definición particular de la situación social. En resumen, los chismes permiten que el orden moral se incline al propósito individual. Es un comportamiento instrumental que utiliza un género de comunicación informal para el efecto parcial de la competencia entre individuos a través de la transmisión selectiva y la retención, la manipulación, de la información.

Hasta cierto punto, la dicotomía anterior entre los análisis orientados a grupos e individuales se derrumba en el enfoque interaccionista simbólico. Aquí (Haviland 1977; Heilman 1978) se hace hincapié en cómo, a través de conversaciones cotidianas, la realidad cultural y las relaciones sociales están siendo continuamente representadas y debatidas; en g