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Las Clases Sociales Desde la Perspectiva Antropológica

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Generaciones de controversia han hecho poco para alterar la centralidad de la clase en las ciencias sociales: sigue siendo un concepto teórico esencial, aun cuando su valor en la investigación operativa ha sido seriamente erosionado por los cambios en la estructura de las sociedades capitalistas. En la antropología, sin embargo, la clase social entendida como una relación con los medios de producción siempre ha sido menos central. Algunas tradiciones de investigación han excluido deliberadamente el estudio de las diferencias de clase, prefiriendo enfatizar la unidad y homogeneidad de las unidades culturales delimitadas. Pero incluso aquellas tradiciones que han estado más abiertas al estudio de la variación sociológica rara vez han utilizado mucho el análisis de clase. El concepto ha sido desplegado de dos maneras principales, relacionadas a través de su deuda común con la influencia de Marx.

El primero es el de la antropología evolucionista del siglo XIX, en el que el surgimiento de la sociedad de clases está ligado al surgimiento de la propiedad privada y del Estado (Engels 1972[1884]). Tales teorías han seguido siendo influyentes en las cuentas del desarrollo de las instituciones políticas, por ejemplo en distinguir entre jerarquías basadas en la clase social y las basadas en el rango, que no requieren la presencia del estado (Fried 1967). Las diferencias entre clases dominantes y subordinadas son sostenidas por materialistas culturales como Marvin Harris, a pesar de su falta de simpatía con otros aspectos del análisis marxista.

El segundo contexto importante en el que el análisis de clase ha entrado en la antropología es la escuela neo-marxista que comenzó en Francia en la década de 1960, y que más tarde convergió con una variedad de enfoques influenciados por el rejuvenecimiento de la economía política. Los neo-marxistas argumentaron que las clases polarizadas análogas a las detectadas por Marx y Engels bajo el capitalismo temprano también podrían encontrarse en prácticamente toda la gama de sociedades precapitalistas. Así pues, las sociedades africanas presentadas en una coherencia armoniosa por etnógrafos funcionalistas anteriores demostraron que el conflicto y la lucha de clases las separaban. En la medida en que los ancianos masculinos se apropiaban de la mano de obra excedentaria de sus jóvenes y de las mujeres, debían ser vistos como una clase explotadora (o al menos podían calificar como una “clase en sí misma”, ya que incluso a los neomarxistas más entusiastas les resultaba difícil detectar la conciencia de clase,”clase para sí misma”, entre estas personas). Este trabajo no contribuyó mucho a las etnografías anteriores, pero sin embargo fue valioso para exponer el sesgo implícito de los relatos funcionalistas.

La irrelevancia del concepto de clase en cuanto a la autoidentificación era siempre problemática para los antropólogos que trabajaban en sociedades “tribales” y “campesinas”. Las dificultades que enfrentan en otras partes de las ciencias sociales, como los problemas que plantea el crecimiento de las clases medias en las sociedades industriales capitalistas, se plantean de forma acentuada en la antropología. El escenario y las técnicas del antropologo