La Identidad Desde la Perspectiva Antropológica

La identidad entró en el léxico antropológico en los años 60 y 70, en el trabajo asociado con la “Escuela de Manchester e influenciada por las tradiciones sociológicas americanas del” interaccionismo simbólico y constructivismo social “. Clásicos del género “, Fredrik Barth’s Ethnic Groups and Boundaries (1969) y A. L. Ethos and Identity (1978) de Epstein se centra en la identidad étnica, enfatizando la construcción contextual y creativa de la etnicidad en relación con contextos políticos particulares. Un aspecto central del enfoque fue el enfoque centrado en los límites, más que en el “contenido” o la esencia de la identidad étnica, que Anthony Cohen recogió en el Reino Unido, que se centró inicialmente en la simbolización de los límites comunitarios (1985) y más tarde en la cuestión del yo (1994). La agenda estadounidense se desarrolló a través de la emergente “política de identidad” de los años setenta, influenciada por estudios subalternos y postcoloniales, que exigían el reconocimiento de la diferencia basada en la raza, etnia, género, clase, sexualidad, etc. (Rosaldo 1989; Taylor 1994; Rowe 1998).

Como sugieren Brubaker y Cooper (2000),”identidad” es tanto una categoría de análisis como una categoría de práctica. Como categoría de práctica, tiene un papel ambiguo como punto de partida y resultado final de la movilización política. Dentro del nacionalismo, por ejemplo, mientras que la identidad preexistente es a menudo la justificación de las reivindicaciones de la nación, la identidad también figura como un proyecto futuro, o la teleología (Mitchell y Ashby Wilson 2003). Lo mismo ocurre con otros movimientos sociopolíticos (Holanda et al. 2008).

Como categoría de análisis, los antropólogos han tendido hacia una versión “blanda” o “débil” de la identidad tal como se construyó o negoció contextualmente. Baumann y Gingrich (2004) han intentado identificar las diferentes “gramáticas” a través de las cuales tiene lugar esta construcción. Inicialmente se centran en tres: el orientalismo, a través del cual el yo y el otro son mutuamente esencializados; la segmentación, a través del cual surgen procesos de fusión y fisión grupal en relación con la estrategia y el contexto; y el encomio, a través del cual la “alteridad” es cooptada como una forma de igualdad. El hecho de que dos de estos modelos -segmentación y encomienda- procedan de obras que no utilizan el término’ identidad’ (Evans-Pritchard 1940; Dumont 1980) plantea interrogantes sobre la utilidad de la categoría. De hecho, Brubaker y Cooper (2000) han sugerido que la vaguedad, ligereza y “suavidad” de la categoría tal como se ha desarrollado, prácticamente la hacen inútil. Richard Handler (1994) critica los usos antropológicos de la “identidad” por su etnocentrismo. Las nociones occidentales de identidad, argumenta -que son las que informan la teoría social de la identidad- presuponen cualidades de igualdad y delimitación que no se sustentan en la comprensión de la persona y el grupo que tienen otras sociedades. Sin embargo, incluso cuando la “identidad” no significa lo mismo que en “Occidente”, no significa lo mismo.

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